Stalin
Stalin Stalin no previó las consecuencias del primer juicio. Esperaba que el asunto se limitaría al exterminio de varios de sus enemigos más odiados, sobre todo de Zinoviev y Kamenev, cuyo aniquilamiento había estado planeando durante diez años. Pero se equivocó: la burocracia se asustó y quedó horrorizada. Por primera vez veía a Stalin, no como el primero entre iguales, sino como un déspota asiático, un tirano, Gengis-Kan, como Bujarin le llamó una vez. Stalin comenzó a temer que perdería su condición de autoridad inapelable entre los veteranos de la burocracia soviética. No era posible borrar en ellos el recuerdo que tenían de él; ni someterlos al hipnotismo de su irrogada dignidad como superárbitro de todos ellos. El miedo y el horror crecieron a compás del número de vidas afectadas y el volumen de intereses amenazados. Ninguno de los antiguos creyó en la acusación. El efecto no fue como él esperaba. Tuvo que ir más allá de sus primeras intenciones.