Stalin
Stalin En la segunda mitad del siglo XIX, la moralidad política había suplantado al materialismo (al menos, en la imaginación de ciertos políticos), sólo porque los antagonismos sociales se habían suavizado de momento, y la lucha política se había vuelto mezquina. La base de esto fue un aumento general del bienestar de la nación y ciertas mejoras en la situación de las capas más altas de la clase trabajadora. Pero nuestro período, nuestra época se parece a la época del Renacimiento en el sentido de que estamos viviendo en el límite de dos mundos: el capitalista burgués, que está en plena agonía, y ese mundo nuevo que ha de sustituirlo. Las contradicciones sociales han alcanzado otra vez un punto de excepcional aspereza.
El poder político, como la moralidad, no se desarrolla ni mucho menos de manera continua hacia un estado de perfección, como se creía a fines del siglo pasado y durante el primer decenio de la presente centuria. La política y la moral sufren y han de pasar por una órbita sumamente compleja y paradójica. La política, como la moralidad, depende directamente de la lucha de clases. Como regla general, puede decirse que cuanto más violenta e intensa sea la lucha de clases, más profunda la crisis social, y más agrio el carácter adoptado por la política, más concentrado y cruel se hace el poder del Estado y más francamente (arroja por la borda las apariencias de moralidad).