Stalin

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Entretanto, las diferencias de opinión entre mencheviques y bolcheviques pasaron del terreno de los Estatutos del Partido al dominio de la estrategia revolucionaria. La campaña de banquetes emprendida por trabajadores del zemstvo9 y otros liberales, intensificada durante el otoño de 1904, en parte porque las aturdidas autoridades zaristas eran demasiado negligentes para intervenir en ello, planteó resueltamente la cuestión de las relaciones entre la socialdemocracia y la burguesía de oposición. El plan menchevique abogaba por una tentativa para transformar a los obreros en un coro democrático corno pedestal de solistas liberales, un coro suficientemente considerado y circunspecto, no sólo para «abstenerse de asustar» a los liberales, sino más aún, para reforzar la fe de los liberales en ellos mismos. Lenin acometió en el acto su ofensiva. Ridiculizó la mera idea de semejante plan, esto es, la idea de prestar un apoyo diplomático a una oposición impotente, abandonando la lucha revolucionaria contra el zarismo. La victoria de la revolución sólo puede asegurarse por la presión de las masas. Sólo un atrevido programa social puede levantar a las masas por la acción; y precisamente eso es lo que temen los liberales. «Hubiéramos sido unos locos preocupándonos de sus temores.» Un pequeño folleto de Lenin, que apareció en noviembre de 1904, templó los ánimos de sus camaradas y tuvo gran influencia en el desarrollo de las ideas tácticas del bolchevismo. ¿No sería este folleto el que decidió la conversión de Koba? No nos atrevemos a contestar afirmativamente. En años posteriores, siempre que tuvo ocasión de situarse por su cuenta con relación a los liberales, invariablemente se ha inclinado hacia la noción menchevique de la importancia de «abstenerse de asustar» a los liberales. (Así lo prueban las revoluciones de Rusia en 1917, de China, de España y dondequiera.) No es de excluir la posibilidad, sin embargo, de que en vísperas de la primera revolución, el plebeyo demócrata pareciese estar sinceramente indignado con el plan oportunista, que despertó gran descontento aun entre las masas mencheviques. Debe decirse que, en conjunto, entre los intelectuales radicales no había tenido tiempo de extinguirse la tradición de mantener una actitud desdeñosa hacia el liberalismo. Pero también es posible que sólo el domingo sangriento10 de San Petersburgo y la oleada de huelgas que barrió el país en su estela pudiese haber movido al cauto y suspicaz caucásico a sumarse al bolchevismo.


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