Stalin

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Hacia el final de una de las últimas sesiones del Congreso habló un joven delegado de San Petersburgo. Todos habían abandonado rápidamente sus asientos y nadie le escuchaba. El orador se vio obligado a subirse en una silla para llamar la atención. Pero, a pesar de circunstancias tan desfavorables, consiguió atraerse un corro cada vez más crecido de delegados, y no tardó mucho en calmarse el auditorio. Aquel discurso hizo del novicio un miembro del Comité Central. Ivanovich, condenado al silencio, tomó nota del éxito del recién llegado (Zinoviev sólo tenía veintiún años), probablemente horro de simpatía, pero no de envidia. Ni un alma hizo el menor caso del ambicioso caucásico, con su derecho de voz no utilizado. El bolchevique Gandurin, soldado de fila en el Congreso, consignó en sus Memorias: «Durante las pausas solíamos rodear a uno u otro de los principales activistas, abrumándolos a preguntas.» Gandurin menciona entre los delegados a Litvinov, Vorochilov, Tomsky y otros bolcheviques relativamente oscuros de por entonces; pero no a Stalin, ni siquiera una, vez. Y, sin embargo, escribió sus Memorias en 1931, cuando era mucho más difícil olvidar a Stalin que recordarle.





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