Stalin
Stalin El continuo cuarteamiento del Partido en grupos diminutos, que libraban ásperas batallas en el vacío, despertó en algunos un ansia de reconciliación, de concordia, de unidad a toda costa. Fue precisamente entonces cuando apareció en vanguardia otro aspecto de «trotskismo»; no la teoría de la revolución permanente, sino la «reconciliación» del Partido. De esto es necesario hablar, aunque sea concisamente, para ayudar a comprender el subsiguiente conflicto entre stalinismo y trotskismo. En el año 1904 (esto es, desde el momento en que se manifestaron diferencias de opinión sobre el carácter de la burguesía liberal), rompí con la minoría del segundo congreso (los mencheviques), y durante los siguientes trece años no pertenecí a ninguna facción. Mi posición en el conflicto interno del Partido vino a ser la siguiente: mientras los intelectuales revolucionarios dominasen entre los bolcheviques y también entre los mencheviques, y mientras ambos bandos no se aventurasen más allá de la revolución democrático burguesa, no había motivo para un cisma entre ellos; en la nueva revolución, por la presión de las masas trabajadoras, ambas facciones se verían impelidos en todo caso a asumir una posición revolucionaria idéntica, como hicieron en 1905. Ciertos críticos del bolchevismo siguen considerando mi antigua posición conciliadora como la voz de la prudencia. Y, sin embargo, su falsedad profunda ha quedado demostrada hace mucho tiempo, tanto en la teoría como en la práctica. Una sencilla conciliación de bandos sólo es posible a base de una especie de línea «intermedia». Pero, ¿dónde está la garantía de que esa línea diagonal trazada artificialmente coincida con las necesidades del desarrollo objetivo? La tarea de los políticos científicos consiste en deducir un programa y una táctica del análisis de la lucha de clases, no del paralelogramo (siempre en movimiento) de fuerzas tan secundarias y transitorias como son las facciones políticas. Verdad es que la posición de la reacción era tal que contraía la actividad política de todo el Partido dentro de límites sumamente estrechados. Por entonces, podría parecer que las diferencias de opinión eran de poca monta y que los dirigentes emigrados exageraban su importancia. Pero precisamente durante el período de reacción era cuando el Partido revolucionario no estaba en condiciones de ejercitar a sus cuadros sin una perspectiva más amplia. La preparación para el mañana era un elemento muy significativo en la política del momento. La política de conciliación descansaba en la esperanza de que en el curso mismo de los acontecimientos impondría la táctica necesaria. Pero aquel optimismo fatalista significaba en la práctica no sólo repudiar la lucha faccional, sino la idea misma de un partido, porque si «el curso de los acontecimientos» es capaz de dictar directamente a las masas la política justa, ¿para qué sirve ninguna unificación especial de la vanguardia proletaria, la elaboración de un programa, la elección de líderes, el ejercitarse en un espíritu de disciplina?