Stalin

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Desde Perm dirigieron a Lenin, en Suiza, el siguiente telegrama: «Saludos fraternales. Salimos hoy para Petrogrado. Kamenev, Muranov, Stalin.» La idea de enviar el telegrama salió, naturalmente, de Kamenev. Stalin firmó el último. Aquella trinidad se encontraba ligada por lazos de solidaridad. La amnistía había liberado las mejores fuerzas del Partido, y Stalin pensaba turbado en la capital revolucionaria. Necesitaba de la relativa popularidad de Kamenev y del título de diputado de Muranov. Así, los tres llegaron juntos a un Petrogrado sacudido por la revolución. «Su nombre —escribe Ch. Windecke, uno de sus biógrafos alemanes— era entonces conocido en círculos limitados del Partido. No le saludaron, como saludó a Lenin un mes más tarde... una animada multitud con banderas rojas y música. No le saludaron, como dos meses después saludó a Trotsky, que acudía a toda prisa de América, una diputación que salió a recibirle a mitad de camino y le llevó a hombros. Él llegó sin aclamaciones ni ruidos y se puso a trabajar... Fuera de las fronteras de Rusia, nadie tenía idea de su existencia.»

 




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