Stalin
Stalin Los dÃas de seminario pasaron como en una prisión o en un cuartel. La vida escolar comenzaba a las siete de la mañana. Rezos, té, clases. Más rezos. Clases, con pausas, hasta las dos de la tarde. Rezos. Comida, pobre e insuficiente. Permiso para salir de las paredes del Seminario sólo se concedÃa en el intervalo de las tres y las cinco. Después de esa hora se cerraban las puertas. Pasar lista. A las ocho, té. Preparación de lecciones. A las diez (después de rezar de nuevo), cada cual iba a su catre. «Era como si estuviésemos atrapados en una cárcel de piedra», confirma Gogojiya. Durante los oficios de domingos y festivos, los estudiantes se pasaban tres y cuatro horas seguidas de «pie, siempre plantados en la misma losa del pavimento de la iglesia, cargando el cuerpo sobre un pie cuando el otro ya estaba entumecido, bajo la severa mirada de los monjes, que no los perdÃan de vista.» Aun el más piadoso se hubiera olvidado de rezar a influjos de la interminable ceremonia. Tras los gestos devotos ocultábamos nuestros pensamientos a los monjes de guardia.