Stalin
Stalin Durante las horas en que había comenzado ya la insurrección abierta, Lenin, que estaba consumido de impaciencia en su aislamiento, apeló a los dirigentes de distrito: «¡Camaradas! Estoy escribiendo estas líneas la víspera del 24... Os aseguro de todo corazón que ahora todo pende de un hilo, que estamos frente a cuestiones que no pueden decidirse en conferencias ni en congresos (ni siquiera en congresos de Soviets), sino exclusivamente de la lucha de las masas en armas...» De esta carta se desprende claramente que hasta la misma víspera del 24 de octubre, Lenin se mantenía principalmente por medio de Stalin, porque era uno de los que menos inquietaban a la Policía. Es inevitable deducir de aquí que no habiendo asistido a la sesión matutina del Comité Central ni acudido a Smolny en todo el resto del día, Stalin no se enteró de que la insurrección había empezado y se hallaba en pleno curso hasta la última hora de aquella noche. No es que fuese cobarde. No hay base para acusar a Stalin de cobardía. Simplemente, era cuco en materia de política. El cauteloso intrigante prefería estar en la valla en el momento crítico. Esperaba ver el giro que tomaba la insurrección antes de adoptar una postura definida. En caso de que fallara, podría decir a Lenin, a mí y a nuestros adeptos: «¡Todo es culpa vuestra!» Hay que evocar claramente el temple rojo vivo de aquellos días para evaluar conforme a sus méritos la sangre fría del hombre, o, si se prefiere, su insidiosidad.