Stalin
Stalin Después de la conquista del Poder, Stalin comenzó a sentirse más seguro de sí mismo, aunque siguió siendo una figura de segunda fila. Pronto observé que Lenin estaba «ascendiendo» a Stalin, apreciando en él la firmeza, la sangre fría, la tenacidad y hasta cierto punto la astucia, como atributos necesarios para la lucha. No esperaba de él ideas independientes, iniciativa política o imaginación creadora. Stalin avanzaba lentamente y con cautela; cuando podía, se quedaba quieto. Pero la victoria en Petrogrado y luego en Moscú le convencieron. Comenzó a acostumbrarse al Poder. «Después de octubre —escribe Alliluyev—, Stalin se trasladó a Smolny y ocupó allí dos cuartitos del piso bajo.» (Era miembro del primer Consejo de Comisarios del Pueblo, como Comisario de Nacionalidades.) Después de la Revolución, la primera sesión del Gobierno bolchevique se celebró en Smolny, en el despacho de Lenin, donde un tabique de madera sin pintar separaba el rincón de la telefonista y la mecanógrafa. Stalin y yo fuimos los primeros en llegar. De detrás del tabique llegó hasta nosotros el vozarrón de Dybenko: estaba hablando con Finlandia y la conversación era un tanto tierna. El corpulento y arrogante marinero de veintinueve años y negra barba, había intimado hacía poco con Alejandra Kollontai, mujer de antecedentes aristocráticos, que conocía media docena de lenguas extranjeras y se acercaba a los cuarenta y seis. En ciertos círculos del Partido se murmuraba no poco a propósito de aquello. Stalin, con quien hasta entonces no había sostenido yo una conversación personal, vino hacia mí con una especie de inesperado alborozo, y señalando con el hombro hacia el tabique, dijo a través de una sonrisa forzada: «¡Ahí está ése con Kollontai, con Kollontai!» Sus gestos y su risa me parecieron fuera de lugar y de una vulgaridad insoportable, especialmente en aquella ocasión y aquel lugar. No recuerdo si le contesté algo, volviendo la cabeza a otro lado, o si le respondí secamente: «Es asunto suyo.» Pero Stalin se dio cuenta de que había cometido un error. Cambió de expresión, y en sus ojos brilló el mismo relámpago de animosidad que había sorprendido en Viena35. Desde entonces, nunca más intentó conversar conmigo sobre temas personales.