Stalin
Stalin [¿«Confesaba» así Stalin que era culpable de haber agravado la situación con sus intrigas y su indisciplina? Nada de eso. Sin embargo, cuando regresaba a Moscú desde Tsaritsyn, Sverdlov preguntó] cautamente cuáles eran mis intenciones, y luego me propuso que hablara con Stalin, que, por lo visto, iba en su tren.
—¿Piensas realmente en destituirles a todos? —me preguntó Stalin en tono de exagerada sumisión—. Son unos muchachos excelentes.
—Esos muchachos excelentes están comprometiendo la Revolución, que no puede esperar a que adquieran juicio —le contesté—. Lo que pretendo es sólo rescatar Tsaritsyn para la Rusia de los Soviets.
A partir de entonces, siempre que hube de lastimar predilecciones, amistades o vanidades personas, Stalin iba reuniendo hábilmente a toda la gente agraviada. Tenía mucho tiempo para ello, puesto que así favorecía sus íntimas ambiciones. Los espíritus dominantes de Tsaritsyn se convirtieron, en adelante, en sus instrumentos principales. Tan pronto como Lenin cayó enfermo, Stalin, por medio de sus satélites, hizo cambiar el nombre de Tsaritsyn por el de Stalingrado.