Stalin

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Como es bien sabido, la crítica de la democracia formal tiene su propia y dilatada historia. Nosotros y nuestros predecesores explicábamos el carácter transitorio de la Revolución de 1848 por el colapso de la democracia política. Ésta había sido sustituida por la democracia «social». Pero el orden social burgués fue capaz de obligar a la última a ocupar el puesto que la democracia pura ya no podía sostener. La historia política pasó luego por un período prolongado durante el cual la democracia social, medrando a costa de su crítica de la democracia pura, desempeñaba realmente el papel de esta última, y se saturó por completo de sus vicios. Lo ocurrido se había repetido más de una vez en la historia; la oposición se vio llamada a resolver en forma conservadora las tareas mismas que las fuerzas comprometidas de ayer no eran ya capaces de llevar adelante. Comenzando como estado provisional de preparación para la dictadura proletaria, la democracia había llegado a ser el supremo criterio, el último resorte regulador, el inviolable santuario de los santuarios, esto es, la más refinada hipocresía del orden social burgués. Lo mismo había sucedido en nuestro caso. Después de recibir un golpe mortal en octubre, la burguesía intentó resurgir en enero bajo la forma sacrosanta de la Asamblea Constituyente. El ulterior desarrollo victorioso de la revolución proletaria, después de la disolución franca, manifiesta, brusca de la Asamblea Constituyente, asestó a la democracia el golpe de gracia del que nunca se recobrará. Por eso tenía razón Lenin al decir: «En último término, resultó mejor así.» Bajo el aspecto de la Asamblea Constituyente essarista, la República de febrero había aprovechado simplemente la oportunidad de morir por segunda vez. [Cuando, durante el breve mandato de Kamenev como primer presidente de la República (en calidad de presidente del Comité Ejecutivo Central del Soviet) y por iniciativa suya] fue abolida la pena de muerte contra soldados promulgada por Kerensky, la indignación de Lenin no tuvo límites. «¡Absurdo! —clamó—. ¿Cómo contáis que una revolución siga adelante sin ejecuciones? ¿Creéis de veras que podéis tratar con todos esos enemigos después de desarmaros? ¿Qué otras medidas de represión existen? ¿La prisión? ¿Quién da importancia a eso durante una guerra civil, cuando ambas partes confían en vencer?» Kamenev trató de argumentar que se trataba sólo de revocar la pena de muerte instituida por Kerensky, especialmente contra los desertores. Pero Lenin se mostró irreconciliable. Se daba clara cuenta de que tras el decreto de abolición se ocultaba una actitud frívola frente a las dificultades inauditas que nos aguardaban. «Una equivocación —reiteró—, blandura imperdonable, ilusiones pacifistas», etc. Propuso que se revocase inmediatamente el decreto, pero se le objetó que ello produciría una impresión desfavorable. Alguien sugirió que sería mejor recurrir a las ejecuciones cuando se viera que no había otro remedio. Finalmente, el asunto se dejó como estaba.


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