Stalin
Stalin En el juicio de 1938, Stalin acusa a Bujarin, como de pasada, de haber preparado en 1918 un atentado contra la vida de Lenin. El cándido y fogoso Bujarin veneraba a Lenin, le amaba como un niño ama a su madre, y cuando atrevidamente polemizaba con él no lo hacía sino de rodillas. Bujarin, «blanco como la cera», para usar la expresión del mismo Lenin, no tenía ni podía tener designios de ambición personal. Si en aquellos tiempos alguien hubiera vaticinado que llegaría una ocasión en que Bujarin se viera acusado de atentar contra la vida de Lenin, cada uno de nosotros, y Lenin el primero, se hubiera echado a reír, aconsejando llevar a semejante profeta a un manicomio. ¿Por qué, entonces, recurrió Stalin a una acusación tan notoriamente absurda? Lo más probable es que ésta fuese su respuesta a las sospechas de Bujarin, imprudentemente expresadas, con referencia al mismo Stalin. En general, todas las acusaciones están cortadas por el mismo patrón. Los elementos básicos de las asechanzas de Stalin no son productos de la pura fantasía; se derivan de la realidad; en su mayor parte, de las acciones y designios del propio jefe de cocina amigo de la pimienta. El mismo «reflejo de Stalin» ofensivo-defensivo, tan claramente revelado en el caso de la muerte de Gorki, desarrolló toda su intensidad en la cuestión de la muerte de Lenin también. En el primer episodio, Yagoda pagó con la vida; en el segundo, Bujarin.