Stalin
Stalin En 1927, las reuniones oficiales del Comité Central se hicieron francamente intolerables. No se discutía nada por sus méritos. Todo se decidía entre bastidores, en una sesión reservada con Stalin, que entonces concertó un pacto político con el grupo derechista: Rikov, Bujarin y Tomsky. En realidad, había por lo menos dos reuniones oficiales del Comité Central cada vez. La línea de ataque contra la oposición se establecía de antemano, distribuyendo a cada cual sus respectivas tareas e intervenciones. Montada la comedia, cada vez se iba pareciendo más a una pantomima tabernaria. El tono de aquel acoso era de día en día más desenfrenado. Los miembros más insolentes, los trepadores recién elevados al Comité Central, por el solo título de su capacidad de descaro contra la oposición, interrumpían de continuo los discursos de los revolucionarios veteranos, repitiendo sin orden ni concierto viles acusaciones, con exclamaciones de inaudita vulgaridad y contumelia. El director de escena era el mismo Stalin. Se paseaba de un lado a otro por detrás de la mesa presidencial, mirando a intervalos a quienes habían de tomar parte en el debate según lo convenido, y no disimulaba su aprobación cuando los reniegos contra algún oposicionista adquirían un carácter en extremo desvergonzado. Era difícil imaginarse que estuviésemos en una reunión del Comité Central del Partido bolchevique; tan ruin era el tono, tan vulgares los participantes y tan repugnante el verdadero desmoralizador de aquella chusma. Las costumbres de las calles de Tiflis se habían trasladado al Comité Central del Partido bolchevique. Algunos de nosotros nos acordábamos del retrato de Stalin hecho por uno de sus antiguos colaboradores, Felipe Majaradze: «Es sencillamente un... kinto.»