Su moral y la nuestra

Su moral y la nuestra

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La orden de los jesuitas, fundada en la primera mitad del siglo XVI para resistir al protestantismo, no enseñó jamás - digámoslo de pasada que cualquier medio, aunque fuese criminal desde el punto de vista de la moral católica, fuera admisible, con tal de conducir al "fin", es decir, al triunfo del catolicismo. Esta doctrina contradictoria y psicológicamente absurda fue malignamente atribuida a los jesuitas por sus adversarios protestantes y a veces también católicos, quienes, por su parte, no se paraban en escrúpulos al seleccionar medios para alcanzar sus fines. Los teólogos jesuitas - preocupados como los de otras escuelas por el problema del libre albedrío-, enseñaban en realidad que el medio, en sí mismo, puede ser indiferente y que la justificación o la condenación moral de un medio dado se desprende de su fin. Así, un disparo es por sí mismo indiferente; tirado contra un perro rabioso que amenaza a un niño, es una buena acción; tirado para amagar o para matar, es un crimen. Los teólogos de la orden no intentaron decir otra cosa, más que ese lugar común. En cuanto a su moral práctica, los jesuitas no fueron de ningún modo peores que los otros monjes o que los sacerdotes católicos; por el contrario, más bien les fueron superiores; en todo caso, fueron más consecuentes, más audaces y más perspicaces que los otros. Los jesuitas constituían una organización militante cerrada, estrictamente centralizada, ofensiva y peligrosa no sólo para sus enemigos, sino también para sus aliados. Por, su psicología y por sus métodos de acción, un jesuita de la época "heroica" se distinguía del cura adocenado, tanto como un guerrero de la Iglesia de su tendero. No tenemos ninguna razón para idealizar a uno o al otro; pero sería enteramente indigno considerar al guerrero fanático con los ojos del tendero estúpido y perezoso.


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