Su moral y la nuestra
Su moral y la nuestra Presidente de la II Internacional durante largos años, Vandervelde se había convertido desde hacía tiempo en el hombre de confianza del capital belga. De Man, quien en una serie de tomos panzudos había tratado de ennoblecer el socialismo, gratificándolo con una moral idealista y aproximándose, a escondidas, a la religión, aprovechó la primera ocasión para engañar a los obreros y convertirse en un ordinario ministro de la burguesía. En cuanto a Spaak, la cosa es todavía más impresionante. Año y medio antes, este caballero se encontraba en la oposición socialista de izquierda y había venido a verme a Francia para consultarme respecto de los métodos de lucha contra la burocracia de Vandervelde. Yo le había expuesto las ideas que más tarde formaron el contenido de mi carta. Un año apenas después de su visita, Spaak renunciaba a las espinas para quedarse con la rosa. Traicionando a sus amigos de la oposición, se convertía en uno de los ministros más cínicos del capital belga. En los sindicatos y en el partido, esos caballeros ahogan cualquier crítica, desmoralizan y corrompen sistemáticamente a los obreros más avanzados y excluyen también sistemáticamente a los imbéciles. Se distinguen de la G.P.U. únicamente por el hecho como haber recurrido hasta hoy a la efusión de sangre: como buenos patriotas que son, reservan la sangre obrera para la próxima guerra imperialista. Está claro: ¡Es preciso ser un enviado del diablo, un monstruo moral, un "cafre", un bolchevique para dar a los obreros revolucionarios el consejo de observar las reglas de la conspiración en la lucha contra esos caballeros!