El caballero de la carreta

El caballero de la carreta

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El filo de dos lanzas en longitud y dos terribles leones al otro lado del puente esperan a Lanzarote. Sus compañeros quieren hacerle desistir: todo es en vano. El héroe se despoja de su armadura, afronta su aventura con las manos y los pies desnudos. Si no lo hiciera así, caería al fondo de ese río maldito que le separa de Ginebra: una vez más, el héroe viaja a los Infiernos (es Gilgamesh, Orfeo, Ulises, Heracles), y sabrá regresar del Otro Mundo, no lo dudéis. Llagado y maltrecho, alcanza la orilla deseada. Los leones no existen. Su anillo le confirma que no eran sino alucinaciones, visiones fruto de un encantamiento. Amor le ha guiado, y toda una confusa genealogía feérica (por si el Amor no fuera por sí solo un Virgilio irreprochable) le ha brindado su apoyo en tan difícil trance. Baudemagus, espejo de monarcas, y su hijo, el perverso Meleagante, han seguido desde una torre las incidencias de tan memorable hazaña.

19. Baudemagus y Meleagante (3181-3489)

Es la hora de la disputa entre el rey bueno y justo y el príncipe desleal. Baudemagus insta a Meleagante a devolver a la reina. Éste se niega a hacerlo. Por fin, pese a los esfuerzos pacificadores del monarca, se decide que la suerte de Ginebra se solventará en un duelo a muerte entre el felón y Lanzarote. Baudemagus, cortésmente, hace curar las llagas que atormentan al héroe desde que atravesó el Puente de la Espada. El combate es fijado para el día siguiente.


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