El caballero de la carreta
El caballero de la carreta »—¿Lo veré?
»—¡En verdad!
[500]»—¡Dejádmelo ver! No sé a quién le dolerá —dijo el caballero—, ¡por mi cabeza! Aunque se enoje o se apene quien sea, quiero acostarme en este lecho y reposar en él a placer».
Con que, tras haberse quitado las calzas, se echa en el lecho largo y elevado más de medio codo sobre los otros, con un cobertor de brocado amarillo, tachonado de estrellas de oro. No estaba forrado de piel vulgar, sino de marta cibelina. Por sà misma habrÃa honrado a un rey el cobertor que sobre sà tenÃa. Desde luego que el lecho no era de paja ni hojas secas ni viejas esteras.
A media noche del entablado del techo surgió una lanza, como un rayo, de punta de hierro y lanzóse a ensartar al caballero, a través de sus costados, al cobertor y las blancas sábanas, al lecho donde yacÃa. La lanza llevaba un pendón que era una pura llama. En el cobertor prendió el fuego, y en las sábanas y en la cama de lleno. Y el hierro de la lanza pasa al lado del caballero, tan cerca que le ha rasgado un poco la piel, pero no le ha herido apenas. Entonces el caballero se ha levantado; apaga el fuego y empuña la lanza y la arroja en medio de la sala. No abandona por tal incidente su lecho, sino que se vuelve a acostar y a dormir con tanta seguridad como antes.