Del album de un cazador
Del album de un cazador Hacia el mediodía aparecen gran cantidad de nubes altas y redondas de un gris dorado, con bordes suaves y blancos. Parecen islas esparcidas sobre un río inacabable, que las rodea con arroyos transparentes y azul claro. Apenas se mueven; se agrupan a lo lejos, en el horizonte, no puede verse el azul entre ellas, pues son tan azules como el mismo cielo, inundadas por la luz y el calor. El color del horizonte, rosa pálido y ligero, no cambia durante todo el día, y es el mismo se mire donde se mire; en ningún lugar es más oscuro que en otro, no hay amenaza de lluvia, aunque de vez en cuando unas columnas azul pálido parecen extenderse hacia abajo desde el cielo, y traen consigo una lluvia apenas perceptible.
Hacia la noche estas nubes desaparecen; las últimas, ennegrecidas y vagas como el humo, planean en bocanadas rosas frente al sol que se pone; en el momento en el que el sol se ha ocultado, tan pacíficamente como se elevó en el cielo, un brillo dorado permanece durante un breve instante sobre la tierra oscurecida y, guiñando en silencio, como una vela transportada con cuidado, aparece la estrella vespertina.