Del album de un cazador

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KASIÁN DE KRASÍVAIA MECH

Regresaba de una cacería en un carro pequeño y destartalado y, bajo los efectos del calor asfixiante de un día nublado de verano (es sabido que en días así el calor puede ser más insufrible que en días despejados, especialmente cuando no hay viento), iba adormilado por el traqueteo, con malhumorada paciencia, dejando que el fino polvo blanquecino que subía incesante desde las ruedas crujientes por el calor y las vibraciones sobre el duro camino de tierra, me agrediesen la piel. De repente, despertaron mi atención los movimientos súbitos y la inusual agitación de mi conductor, hasta aquel instante en un estado de somnolencia aún mayor que la mía. Tiró de las riendas, se removió en su asiento y les gritó a los caballos, sin dejar de mirar hacia un lado. Me volví hacia allí. Pasábamos por una zona amplia y llana de tierra arada, en la que las colinas, aradas como el resto de los campos, bajaban como ondulaciones inusualmente suaves. Podía verlo todo a cinco verstas de mí, en el campo que se extendía desierto; lo único que rompía la línea del horizonte, prácticamente recta, eran los lejanos y diminutos bosquecillos de abedules con sus puntas redondas como dientes. Los caminos estrechos se alargaban a través de los campos, se metían por las hondonadas y rodeaban los montículos, y sobre uno de estos, que cruzaba nuestro camino a unos quinientos pasos de donde nos encontrábamos, pude distinguir una procesión. Esto era lo que mi conductor había observado.


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