Del album de un cazador
Del album de un cazador A pesar de ello, yo al menos lo visito con gran reticencia, y si no hubiera sido por los urogallos y las perdices no hay duda de que hace tiempo habría puesto fin a nuestra relación. En su casa se siente un extraño malestar; ni siquiera el alto nivel de comodidad anima, y cada tarde, cuando se presenta el lacayo de pelo rizado en su librea celeste con botones de escudos, y procede a quitar las botas ceremoniosamente, uno siente que sería mucho más feliz si en lugar de esa famélica figura se presentasen de pronto, a petición del amo, las asombrosamente amplias mejillas e imposible narizota de un muchacho robusto, arrancado del arado, que ya habría reventado por doce sitios distintos la túnica nueva y recién estrenada; uno se sometería con gusto al peligro de perder la pierna hasta el muslo junto con la bota…