Del album de un cazador
Del album de un cazador Fue en otoño. Llevaba varias horas vagando por los campos con mi escopeta y probablemente no habrÃa regresado hasta el crepúsculo a la posada de la carretera de Kursk donde me esperaba mi troika, si una lluvia extraordinariamente fina y helada, que me habÃa acechado desde principios de la mañana, fraccionada y sin piedad como una vieja solterona quejica, no me hubiera obligado al fin a buscar algún asilo cercano para resguardarme. Considerando en qué dirección ir, mis ojos tropezaron con un cobertizo diminuto junto a un campo de guisantes. Me aproximé, eché un vistazo bajo el techo de paja y vi a un anciano tan decrépito que me hizo pensar en la cabra moribunda que Robinson Crusoe se encuentra en una de las cuevas de la isla. El anciano estaba agachado, apretaba los ojillos oscuros y mascaba, con rapidez y cuidado como una liebre (el pobre no tenÃa ni un diente), un guisante duro y seco, haciéndolo rodar sin cesar de un lado a otro. Estaba tan ocupado en esto que no se dio cuenta de que me acercaba.
—¡Abuelo! ¡Eh, abuelo! —dije.
Dejó de mascar, levantó las cejas y abrió los ojos con dificultad.
—¿Cómo? —murmuró con una voz profunda.
—¿Dónde hay alguna aldea cercana? —le pregunté.
El anciano volvió a mascar. No me habÃa oÃdo. Repetà la pregunta en voz más alta.
