Del album de un cazador
Del album de un cazador Salimos juntos. La lluvia había parado. En la distancia, grupos de nubes pesadas aún se agrupaban y aún refulgían rayos alargados, pero sobre nuestras cabezas pedazos de cielo azul oscuro se veían aquí y allá, y algunas estrellitas titilaban entre los jirones de nubes que se disolvían. Las líneas de los árboles, empapados por la lluvia y estremecidos por el viento, comenzaron a emerger de la oscuridad. Nos dispusimos a escuchar. El guardabosques se quitó la gorra e inclinó la cabeza.
—¡Ahí…! ¡Ahí…! —dijo de pronto, y señaló a alguna parte—. Dios mío, ¡qué nochecita han elegido!
Yo no oí nada aparte del ruido de las hojas. El Ermitaño sacó el caballo de un cobertizo.
—Es posible —añadió— que no llegue a tiempo.
—Iré contigo… ¿Te parece bien?
—Muy bien —respondió, y volvió a meter al caballo a cubierto—. Los cogeremos y después lo sacaré del bosque. Vamos.
Nos pusimos en marcha, el Ermitaño abriendo camino y yo detrás. Dios sabrá cómo conocía el camino, pero solo se detuvo de cuando en cuando para escuchar el ruido del hacha.
—Mire —silbó entre dientes—, ¿lo oye? ¿Lo oye?