Del album de un cazador

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—Sí, me la llevé. En fin, pues se vino a vivir conmigo. Mi casa no era grande ni yo tenía muchos criados. Puedo decir sin temor de mentir que mis sirvientes me respetaban, y no me habrían denunciado en ningún caso por dinero. Comencé a vivir feliz. Matriona descansó un tiempo y se fue adaptando a su nueva vida, y yo me enamoré aún mucho más de ella, ¡qué muchacha! ¿De dónde le venía todo? Podía cantar y bailar y tocar la guitarra… Nunca la mostré a los vecinos, no nos habría hecho ningún bien, ¡se habrían burlado! Pero tenía un amigo del alma, Panteléi Gornostáiev, ¿tal vez usted lo conoce? Simplemente la adoraba. Le besaba la mano como a una dama de alta cuna. Y, por cierto, Gornostáiev no se parecía a mí en nada. Era un hombre con formación, había leído todo Pushkin. A veces, cuando se ponía a hablarnos, Matriona y yo lo escuchábamos con la boca abierta. ¡Él le enseñó a escribir, qué hombre tan raro! Y la forma en la que yo solía vestirla, mejor que la mujer del gobernador… Para salir le mandé hacer un abriguito de terciopelo rojo rematado en piel, ¡y qué bien le sentaba! Una madame de Moscú se lo confeccionó a la última moda, con la cintura estrecha. ¡Y qué insólita y maravillosa era Matriona! En ocasiones se quedaba pensativa y pasaba horas mirando el suelo, sin mover una pestaña. Yo me sentaba junto a ella y la observaba, no me habría cansado de hacerlo, como si nunca la hubiera visto antes. Cuando sonreía mi corazón daba un salto, como si alguien me hubiera hecho cosquillas. O de pronto empezaba a reírse y a contar bromas y a bailar, y me daba unos abrazos tan apasionados que la cabeza me daba vueltas. De la mañana a la noche solo pensaba en cómo entretenerla. Y, créame, solo le hacía regalos por ver cómo la alegraban, cómo enrojecía de placer, cómo se probaría lo que fuera que le había regalado, y cómo venía en su nuevo traje a besarme. No sé bien cómo su padre, Kulik, se enteró de todo, pero vino a vernos y derramó una lágrima o dos. Seguro que eran lágrimas de alegría, o eso habría pensado cualquiera, ¿verdad? Le dimos algunas cosas. Ella, mi querida, le dio cuando se marchaba un billete de cinco rublos, ¡y él se echó a sus pies, el viejo idiota! ¡Y así fue como vivimos juntos más o menos cinco meses, y no me habría negado a vivir así el resto de mi vida, pero he tenido tan mala suerte!


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