Del album de un cazador
Del album de un cazador Descansaba en un bosque de abedules un otoño, hacia mediados de septiembre. Era una época de tiempo cambiante: desde la mañana había estado cayendo una lluvia fina e irregular, seguida de vez en cuando por radiantes intervalos de calor soleado. El cielo, cubierto por livianas nubes blancas, de pronto se aclaraba en algunos puntos y, desde detrás de las nubes que se abrían, aparecía el cielo azul, lúcido y sonriente, como un ojo hermoso. Sentado, miraba a mi alrededor y escuchaba. Las hojas apenas se movían sobre mí; por su sonido se adivinaba el momento del año. No era el alegre, riente, temblor primaveral, ni los suaves y largos murmullos veraniegos, ni el balbuceo apocado y helado de finales de otoño, sino un susurro apenas audible. Un viento débil se movía apenas por las copas de los árboles. El interior del bosque, mojado por la lluvia, no dejaba de cambiar, según si brillaba el sol o estaba cubierto; tan pronto se inundaba de luz, como si repentinamente todo hubiera decidido sonreír: los delicados troncos de los escasos abedules adquirían un brillo de seda blanquecina, las hojas caídas vestían tonalidades multicolores y ardían como el oro rutilante, la luz atravesaba los penachos de los helechos, embellecidos aún más por sus matices otoñales como las uvas demasiado maduras, enredándose y cruzándose; o bien súbitamente la oscuridad azulada lo envolvía todo de nuevo. Los colores vivos se extinguían y los abedules se quedaban quietos y blanquecinos, sin un destello, blancos como cuando la nieve recién caída no ha sido tocada aún por los rayos helados del sol invernal; y secretamente, una llovizna ladina extendía su empapado susurro por el bosque. El follaje estaba todavía casi verde, pero ya bastante descolorido; aquí y allá se alzaba algún árbol joven cubierto de rojo o dorado, y era inevitable ver cómo refulgía cuando rompían los rayos del sol, deslizando sus destellos a través del espeso entramado de finas ramas recién mojadas por la lluvia. No se oía un pájaro: habían buscado refugio y habían callado; solo la jocosa vocecilla del alionín tintineaba ocasionalmente como una campanilla.
