Del album de un cazador
Del album de un cazador Me quedé allí un momento, recogí el ramillete de aciano y salí del bosque a un campo. El sol estaba bajo en el pálido y despejado cielo, y sus rayos parecían haber perdido su color y haberse enfriado; más que refulgir parecían desplazarse por el aire emitiendo su luz translúcida y acuosa. No quedaba ni media hora para que anocheciera, pero el crepúsculo empezaba a teñir el cielo carmesí. Una ráfaga de viento corrió hacia mí cruzando los rastrojos resecos y amarillos, formando apresurados remolinos a su paso; las hojillas temblonas me adelantaban por el sendero, alcanzando los límites del bosque. La zona arbolada que lo vallaba frente a los pastos se estremeció por entero y relució con un débil parpadeo propio; sobre la hierba rojiza, sobre los matojos aislados, sobre los montones de paja, en todas partes, restos incontables de telarañas otoñales parecían refulgir. Me detuve… y una melancólica sensación tomó posesión de mí, puesto que me pareció que el oscuro terror que asociamos con la llegada del invierno se imponía sobre toda aquella naturaleza que sonreía con pesadumbre en aquel tiempo en el que todo se marchitaba. Sobre mí, en lo alto, removiendo el aire con sus alas, trabajosa y eficientemente, pasó un cuervo, giró su cabeza de vigía, me echó una mirada de soslayo, remontó el vuelo y desapareció más allá del bosque con sus estridentes graznidos; una bandada de palomas se elevó hermosamente de alguna zona de trilla, y tras realizar un súbito giro en el aire, volvieron a depositarse y a afanarse sobre el pasto: ¡una señal inequívoca de la llegada del otoño! Se oyó el carro vacío de alguien traqueteando al otro lado de una loma desnuda…