Del album de un cazador
Del album de un cazador —Por supuesto —dijo mirándome con simpatÃa y directamente a la cara— se me acaba de ocurrir que tal vez no desee acompañarme en la cena, en cuyo caso…
No le dejé terminar, asegurándole que, al contrario, serÃa muy agradable cenar con él.
—Bueno, como desee.
Entramos en la casa. Un joven con un caftán largo de paño azul nos recibió en el zaguán. RadÃlov le ordenó de inmediato que sirviera vodka a Yermolái; mi compañero de cacerÃa se dobló en una respetuosa reverencia hacia el amable anfitrión.
Del vestÃbulo, empapelado con varias pinturas coloridas y en donde colgaban varias jaulas, pasamos a una pequeña habitación, el gabinete de RadÃlov. Me desprendà de mis ropas de caza y dejé mi escopeta en una esquina. El joven con la larga levita me cepilló a conciencia.
—Bien, entremos en la salita —dijo RadÃlov con amabilidad—. Le presentaré a mi madre.
Lo seguÃ. En la salita estaba sentada en un diván en el centro de la sala una anciana diminuta con vestido marrón y cofia blanca, de rostro minúsculo y arrugado y expresión modesta y apocada.
—Madre, me gustarÃa presentarle a nuestro vecino.
La anciana se puso de pie y me hizo una reverencia sin soltar una bolsa de estambre grande como un saco.