Del album de un cazador

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Fiódor Mijéich saltó de inmediato de su silla, cogió del asiento de la ventana un violín de aspecto burdo, agarró un arco, no como suele hacerse, por el extremo, sino por la mitad, apoyó el violín sobre el pecho, cerró los ojos y se lanzó a bailar, cantando una cancioncilla y rascando las cuerdas. Parecía tener unos setenta años; una levita larga de nankeen flotaba tristemente sobre sus extremidades huesudas. Bailaba, bien arrancándose en movimientos intrépidos o bien, como si estuviera a punto de desmayarse, balanceando su diminuta cabeza calva, estirando el cuello venoso, dando golpecitos con los pies y, a ratos, con evidente dificultad, doblando las rodillas. Una voz débil y vacilante salía de su boca desdentada. Radílov debió de haber juzgado por mi expresión que el «arte» de Fedia me gustaba bien poco.

—Ya vale, viejo —dijo—, puedes ir por tu «recompensa».

Fiódor Mijéich depositó de inmediato su violín en el asiento de la ventana, me hizo una reverencia a mí primero en calidad de invitado, después a la anciana, después a Radílov, y a continuación abandonó la sala.



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