Del album de un cazador
Del album de un cazador Imaginen, queridos lectores, un hombre orondo, alto, de unos setenta años, con una cara que recuerda un tanto a la de Krílov, con una mirada sabia y honesta bajo unas cejas saltonas, de comportamiento digno, discurso medido y andares lentos: ahí tienen a Ovsiánikov. Vestía una levita azul de mangas largas, abotonada hasta arriba, un pañuelo de seda lila, botas lustradas con espuelas, y en general aspecto de comerciante próspero. Sus manos eran hermosas, blancas y suaves, y a menudo, en el curso de la conversación, jugaba con los botones de su levita. Ovsiánikov, con toda su dignidad y aspecto de estatua, con toda su malicia e indolencia, su forma directa de dirigirse a los demás y su cabezonería, me recordaba a los boyares rusos de los tiempos anteriores a Pedro el Grande… Una feriaz[12] le habría sentado bien. Era uno de los últimos representantes de aquella época pretérita.
