Cartas de amor
Cartas de amor Mi querida hermana: ya escribí ayer y para nada tenía pensado volver a escribir hoy, pero Livy está durmiendo la siesta y tengo una hora para mí. Es prudente. Esta noche tenemos una cena, va a ser un terrible aburrimiento y está cogiendo fuerzas para la ocasión durmiendo. He herido sus sentimientos otra vez. Está intentando evitar que siga pronunciando «horribles» discursos, como ella los llama. A mediados del invierno, cuando estuve aquí, hicimos una «escapada» al invernadero uno o dos días; es decir, murió una inusual cantidad de gente y los amigos fueron a comprar rosas y detalles para decorar los ataúdes, y al cabo de una semana apenas quedaba una docena de flores. Charley y yo hicimos unas cuantas bromas al respecto y eso horrorizó a Livy. Pero hace un rato, entré con un absoluto aire de tristeza y exhalé un profundo suspiro. Esto sumió a Livy en una profunda y ansiosa preocupación y quiso saber qué me pasaba. Le dije: «He estado en el invernadero y he encontrado un mundo perfecto de capullos en flor ¡y no tenemos un maldito cadáver!». Supongo que a Orion le habría gustado eso, no me gusta bromear con Livy de esta manera, y no lo suelo hacer, pero a veces su simplicidad es tan tentadora que no puedo evitarlo. Ojalá pudieras verla… La primera vez que la vi, dije que era la criatura más hermosa del mundo, y todavía no he cambiado de parecer. Me enorgullezco tanto de su mente como de su belleza, y me enorgullezco tanto de su carácter alegre y ecuánime como de su mente.