Cartas de amor
Cartas de amor Ahora… Privado. Guárdalo sólo para ti, hermana, no lo comentes con nadie, sin excepción. Puedo confiar en ti. Quiero… Adoro a Olivia L. Langdon, de Elmira; y ella también me quiere. Cuando esté asentado para siempre, cuando sea un cristiano, y cuando haya demostrado tener un buen carácter, ser estable y responsable, sus padres retirarán sus objeciones y podrá casarse conmigo; digo podrá, pero quiero decir deberÃa. Si un dÃa dejo de intentarlo, la tierra dejará de girar y el sol de recorrer su acostumbrada trayectoria. La tranquila, reflexiva y crÃtica Sra. Fairbanks dice que no existe pareja para ella en la tierra, y la tranquila, reflexiva y crÃtica Sra. Brooks de Nueva York dice lo mismo; lo apruebo con todo mi corazón. Las dos me han dicho con sinceridad que ni yo ni ningún otro hombre es digno de ella y que nunca la conseguiré. Pero, me pregunto, ¿qué pueden decir ahora? Sus padres, hasta ahora, se han negado a que nadie la corteje, pero he sido lo bastante astuto como para adelantarme. No están demasiado preocupados por mi pasado; sólo me piden que asegure mi futuro antes de llevarme la luz del sol de su casa. Últimamente le he robado el sueño a esa familia muchas noches. Pero todos me quieren, y no pueden evitarlo. Ahora ya sabes por qué estaba tan violento y tan loco en St. Louis. Mi diosa acababa de rechazarme unos dÃas antes, luego volvió a hacerlo, más tarde me advirtió que debÃa abandonar, y al final he ganado la batalla y soy el hombre más feliz del mundo. Si ahora estuviera en St. Louis, me verÃas tal y como soy y me querrÃas. Ya no tomo alcohol, no hago nada que no sea absolutamente correcto; estoy creciendo. Creo que la Sra. Fairbanks (que me quiere como a un hijo) se va a volver loca de alegrÃa cuando se entere de mi dicha. Porque para ella tanto como para mÃ, Livy es la perfección personificada. Atención; ni una palabra de esto a nadie. La citada anteriormente es mi dirección durante diez dÃas.