Cartas de amor
Cartas de amor Ya estoy otra vez. Bueno, tenÃa muy poco tiempo libre, asà que tenÃa que escribir lo que sentÃa; tenÃa que reflejar mi estado. Y no era un estado alegre. A su debido tiempo, el presidente regresó, y a las siete sonó la campana de incendios, se levantó de un salto y exclamó: «¡Dios mÃo, la sala de conferencias está en llamas!».
Mentalmente pronuncié una acción de gracias tan ferviente que si alguna de mis oraciones ha llegado a atravesar la bóveda del Cielo, fue ésa. No me movà de mi silla, por lo que mi descontrolado y excitado presidente detuvo su loca huida hacia la puerta. Yo le dije: «Puede ver por el cegador resplandor de las ventanas que nada puede salvar su sala… ¿Por qué se precipita para nada?».
Se calmó un poco y se sentó; y mientras el fuego resplandecÃa por esas altas ventanas, mi ánimo se elevaba hasta sentir que lo único que necesitaba para ser completamente feliz era que los editores del Troy Times y ese presidente se quedaran encerrados en ese edificio en llamas.
Pero mi elevado estado de ánimo se golpeó contra la tierra, y la exasperación volvió. La sala estaba a salvo. Estaba un poco quemada e inundada de agua. Pero en una hora habÃan fregado los suelos, evacuado el humo y calentado el lugar de nuevo… y di la conferencia.