Cartas de amor
Cartas de amor Mañana voy a buscar a la abuelita Fairbanks, y me alegraré mucho al verla, pero sentiré muchísimo separarme de la tía Susie Crane, porque estaba aquí cuando vine y he llegado a apreciar mucho su compañía; me conoce mejor que nadie, excepto la tía Smith.
Me hospedo con una extraña joven apellidada Brown, y su bebé se hospeda con mi madre. Espero que la Sra. Brown pueda acoger a muchos como yo, porque no soy de muy buen comer. No entiendo este jueguecito, pero supongo que todo está bien. Supongo que se trata de algún pequeño truco de los de mi padre para ahorrar gastos.
Lo paso ridículamente mal con la ropa. Exceptuando una camisa que la tía Hattie hizo para mí, no hay ni un solo harapo que me vaya bien. Todo es demasiado ancho. Deberías ver lo que llaman «faldón». Sólo mido trece pulgadas, y estas cosas miden por lo menos tres pies. Piensa en ello. Tropiezo y me rompo el cuello cada vez que doy un paso, pues no puedo estar pendiente de agarrar lo que arrastra cuando tengo prisa.
Te aseguro que estoy cansado de que me envuelvan la cabeza y las orejas la mayor parte del tiempo. Y no me gusta esto de que me quiten la ropa y me laven. Me gusta que me desnuden y que me calienten en la estufa; es muy agradable; pero desprecio este asunto de la limpieza. Lo considero una gratuita e innecesaria muestra de maldad. Nunca los he visto lavar al gato.