Cartas de amor

Cartas de amor

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Querida Livy, ya son casi las nueve y media, el desayuno se está enfriando en la mesa, y Clara y tú todavía no habéis llegado. La Modoc[22] me ha estado distrayendo un rato con un sonido lejano, procedente de abajo, del salón, como de pasos indecisos y de muchos «tá-tá» por los favores conferidos por alguien de ahí fuera; pero ahora se ha marchado y ya sólo me queda el Times, con el discurso del Rector Disraeli. No es que tenga mucha hambre, pero lo que me molesta es el retraso y la soledad de la espera. Tan lejos hasta donde alcanza mi vista, en Portland Place, unos espléndidos guardias a caballo están desfilando en una majestuosa parada; aquí fuera, en Langham Place, el capitel, parecido a un palillo «adosado», se mantiene firme, tan afilado y feo como siempre; el mismo sacristán de siempre está detrás de una columna «al acecho» de algún que otro vagabundo decidido a aventurarse más allá de la verja de hierro; el mismo cojo de siempre, que barre en los cruces, está pasando junto a la verja y se esfuerza por ayudar a una mujer a subir a un cabriolé; el mismo hombre de siempre, el de las marionetas, ha llegado al son de un par de golpes de tambor, uno o dos bocinazos de su caramillo y un descabellado y agudo comentario del propio Punch[23], y el espectáculo vuelve a empezar, con el hombre quitándose el sombrero humildemente y pidiendo la voluntad al público asomado a algunas de las ventanas del Hotel Langham; sin resultado. Todo esto es algo que antes, a ti y a Clara, siempre os gustaba, pero ahora no llegáis [no os importa llegar]. Bueno, pues desayunaré solo. De todas formas, el beicon, el café y los huevos escalfados son difíciles de compartir.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker