Cartas de amor
Cartas de amor Stoddard ha pasado unos días en Oxford con los alumnos, que juraron que si iba y daba una conferencia, me agasajarían como a un duque y llenarían la sala más grande de la ciudad para mí. Me gustaría; una conferencia a la que irían vestidos de etiqueta y en la que se comportarían con el mayor decoro, con ese esmerado y total decoro que los hijos de los nobles saben tan bien encarnar cuando quieren; pero ¡menuda pandilla son en un teatro de barrio!… ¡Y de qué manera se comportan esos vástagos de la sangre aristócrata más azul de Gran Bretaña! Stoddard asistió allí al teatro; una compañía de cómicos ambulantes. La sala estaba llena; ambos sexos; y todos los estudiantes estaban allí (o por lo menos varias centenas de ellos). No se quitaron el sombrero en toda la función y todos fumaron pipas y puritos. Cada uno de aquellos diablillos llevaba puesto un gabán tipo irlandés como el mío, que llega hasta los talones; y cada uno de aquellos granujas había llevado un cachorro de bulldog o de terrier bajo el brazo, y habrían subido a esas criaturas al amplio balaustre y les habrían dejado ladrar a todos en coro y a todos cuantos quisieran. Unos tales Hermanos Davenport se ataron con cuerdas y el público fue invitado a subir al escenario para examinar el truco; tras lo cual varios estudiantes, con sus largos abrigos, sus sombreros, sus cachorros bajo el brazo y sus pipas en la boca, saltaron por encima de las barandillas de los palcos privados y rodearon con un semblante de seriedad al hombre atado en el escenario, inspeccionando los nudos y haciendo comentarios. Y el público en ningún momento sonrió ni dijo una sola palabra, sino que se tomó el asunto como algo normal.