Cartas de amor
Cartas de amor P. D. Acabo de ver una primera muestra del Ejército de Salvación. Desde mi ventana he oído que cantaban al otro lado de la calle, me he asomado y he visto a cuatro muchachos muy jóvenes, con traje militar, agrupados en la amplia acera, que se balanceaban en todas direcciones alrededor de una llamativa bandera, haciendo violentos y absurdos gestos con las manos y cantando a voces himnos que no parecían himnos. Alrededor de ellos se agrupaban unas doce o quince mujeres y chicas con atuendos pobres y descoloridos. El canto acabó atrayendo a unos cincuenta hombres y jóvenes (la mayoría deambulaban por la calle), y el viento frío tiraba de sus usados abrigos y de sus estropeados paraguas, convirtiéndolos en un invernal y lúgubre espectáculo de aspecto vagabundo. Después, uno de los jóvenes uniformados se quitó la gorra y rezó una oración; más tarde, más cantos fantásticos; luego otro, en la voz de una mujer mayor; después, un hombre con harapos; más tarde, otro joven con ropa de soldado… todas estas representaciones sucediéndose entre cantos. Cuando terminó el acto, el abanderado se marchó con su bandera, los jóvenes uniformados le siguieron, de dos en dos, las mujeres siguieron a éstos en doble fila, los soldados rasos uniformados siguieron a éstas en doble hilera (en medio había un joven vestido de azul marino con una inscripción bordada en grandes letras blancas a su espalda, «Ven a Jesús»), y la multitud cerró la marcha.