Cartas de amor
Cartas de amor Querido J. H.: Mientras terminan de preparar el carruaje (estoy con mi buena madre adoptiva de Quaker City) ya que vamos a salir a hacer las visitas de Año Nuevo, aprovecho para decirte que acabo de recibir tu invitación, y junto con ella un puñado de delicadas cartas de la Srta. Livy, este maravilloso milagro de la humanidad. Tiene una fiabilidad y una prontitud comercial muy atractivas vinculadas a su gran estilo comercial de correspondencia. Cada día puedo contar con una carta de 8 páginas. Ningún lloriqueo en ellas, ninguna tontería… únicamente sabiduría, sabiduría hasta el agotamiento. Ninguna insensatez… pero cuando no lo consigue y se deja ir sin querer en su carta, es una auténtica maravilla. Está todo el tiempo pensando en mí y me lo dice con una elocución tan seria como la de Milton. Me quiere, y me lo transmite con la terrible solemnidad de un Embajador que está dilucidando un artículo de derecho internacional. Pero donde más se luce es en sus sermones. Están llenos de una sencilla confianza y certidumbre, y tocados por un patetismo natural capaz de conquistar a un salvaje. Nuestra correspondencia es extraña y muy satisfactoria al mismo tiempo. Mis cartas son un océano de amor en medio de una tormenta; las suyas son un océano de amor en el majestuoso reposo de una gran tranquilidad. Pero las aguas son las mismas; exactamente las mismas, amigo mío.