Cartas de amor
Cartas de amor Querida Livy: no te puedes hacer una idea de lo estúpida que es esta superstición del domingo que tiene Cable. Estrangularía hasta a un bebé si la tuviera. Es la enfermedad más miserable y lamentable, la sarna más despreciable que puede sufrir un adulto. El único momento en el que el hombre se pone nervioso, el único momento en el que se muestra inquieto, es cuando un cuarto de minuto de su odioso domingo parece amenazado. El sábado por la noche, nos recibió una mujer a quien me pareció haber conocido cuando era niña, en Buffalo; cuando iban a dar las doce, subí al piso de arriba con unos caballeros para fumar. De repente, Cable apareció en la puerta, y se paró, pues todos estaban escuchando una elaborada anécdota y el orador se estaba dirigiendo a mí en particular. Cable se dio cuenta de que interrumpirlo hubiera sido una grave falta de educación. Se detuvo; y entonces, cuando eran casi las 12, dejó a un lado los modales, se acercó, se inclinó hacia mí y susurró que tenía que irse. Le advertí tajantemente que dejara de interrumpirnos (el que contaba la anécdota guardaba silencio y esperaba); se quedó quieto un momento, luego se volvió a inclinar y susurró: «Cogeré el carruaje, y lo mandaré luego a recogerte desde el hotel». Le contesté en voz alta: «No harás nada de eso… simplemente te esperarás». ¡Ah! Si tan sólo hubiera sabido que era su miserable y odioso domingo el responsable de su actitud, se habría ido andando a casa cruzando charcos. De verdad. Sería impío ir a casa en caballo más tarde de las 12. Sería totalmente odioso. Desde que estoy con este despreciable muchacho, me he impregnado de un venenoso e irracional odio hacia el nombre mismo del domingo. El sábado se había quedado sin ropa blanca y quería que le limpiaran un par de camisas; pues tendrías que haber visto el nerviosismo con el que le preguntaba al botones si lo podrían hacer y subírselas a tal o cual hora. El chico no estaba seguro de tenerlas a punto a las nueve de la noche, pero al final dijo: «Sé que pueden estar listas a las once u once y media, y se las subiré por la mañana». «¡No y no! No las quiero por la mañana. ¡No se las dejaré a menos que puedan estar listas esta noche con certeza!».