Cartas de amor
Cartas de amor Querida Livy, aquello de lo que habló Howells te hace reflexionar; parece tener sentido. Vemos y sentimos el poder de lo que llamamos Dios; lo vemos y lo sentimos con una plenitud tan inmensurable, que «deberíamos deducir» la Justicia y la Bondad no de eso, sino de otra cosa, a saber: el hecho de que hay un gran elemento de Justicia y de Bondad en Su criatura, el hombre; y también podríamos deducir que Él tiene en su interior la Injusticia y la Maldad, pues también las ha puesto en el hombre. Por consiguiente, soy afortunado al deducir que hay mucha más bondad que maldad en el hombre, porque de no ser así, el hombre ya se habría exterminado a sí mismo; y también podría deducir esa superioridad (en calidad) de la bondad sobre la maldad del hombre recordando a todos los criados que conozco, a los muchos mecánicos, a los múltiples comerciantes, a militares, a todos los Fulanos, Zutanos y Menganos que conozco de todas mis andanzas… Y en esta larga lista, la bondad es la norma y la maldad la excepción. Lo mismo pasaría en todas las tribus de salvajes de todos los lugares de la tierra y a lo largo de todos los siglos de la historia. Odio al Hombre, y, no obstante, ésta es una verdad que le pertenece. Asimismo, si lo que llamamos Dios creó este predominio de la Bondad, debió de hacerlo porque la admiraba, y debía de admirarla porque se dio cuenta de que era su propio rasgo principal. Llegados a este punto, saco pues otra deducción: que Él es tan bueno y tan justo como lo es el Hombre (poniendo la [posibil] probabilidad en su punto más bajo). Y si eso es así, llego a esta otra conclusión. Estoy totalmente a salvo en sus manos; no corro ningún tipo de peligro con una deidad semejante. El único de cuyo alcance quiero alejarme es el Dios caricaturesco que se encuentra en la Biblia. Nunca podríamos (él y yo) respetarnos mutuamente, ni llevarnos bien. Me he topado con su superior cientos de veces… y la verdad es que yo mismo no valgo menos que él.