Cartas de amor

Cartas de amor

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Mi amor, ¡estoy muy furioso desde que te he escrito en The Players hace tres o cuatro horas! Fui al Century, cogí las pruebas de Pudd’nhead, me senté y empecé a hacer correcciones. En seguida me pareció que había algo muy extraño en la puntuación… ¿Acaso era posible que algún mocoso impertinente hubiera intentado mejorarla? Muy pronto llegué a un «j—»; una lamentable y furtiva modificación que yo no podría haber puesto por escrito, ni ebrio ni sobrio. Pedí que me trajeran el original… con una voz ahogada, pues estaba sofocándome de ira. Cuando llegó a mis manos, estaba plagado de correcciones a mi puntuación… ¡mi puntuación!, sobre la que he estado haciendo diversas consideraciones y perfeccionando profunda y afanosamente. Entonces he explotado, y el espectáculo no ha sido muy recomendable que digamos para ninguna escuela dominical. Johnson dijo que el criminal era un corrector de pruebas sin igual, que mandó De Vinne, importado de la Universidad de Oxford, y que todo lo que hiciera era sagrado a los ojos de De Vinne… sagrado, definitivo e inamovible. Le contesté que aunque fuera un arcángel bajado del Cielo, no podía dejar que vomitase su ignorante impudicia en mi puntuación, no lo iba a tolerar ni por un momento. Le dije que no podía leer esas pruebas, que no podía sentarme ante una hoja de pruebas en la que un necio ha dejado sus huellas; de modo que Johnson le escribió una nota a De Vinne diciéndole que esta vez las normas de su imprenta debían cambiar; que había que reconfigurarlo y recuperar mi puntuación, hasta el más mínimo detalle, y que a partir de ahora había que respetarla hasta el final del relato. Así que tengo que volver mañana y leer las galeradas desinfectadas.


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