Cartas de amor

Cartas de amor

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Me pregunto si te he enviado la carta de John Mackay[47]. De todos modos, me pide que te hable de su telegrama. Verás, dos viejos californianos le ofrecieron una cena en The Players la otra noche, a la que no pude asistir porque tenía un compromiso; pero cuando regresé a las doce, me mandaron a buscar y participé en el discurso (quizás en mi usual y modesta proporción) hasta la 1 h 30; y todavía hice algo mejor: liberé a Mackay de sus limitaciones y le facilité las cosas… porque los demás, una docena de invitados, no podían hacerlo al tratarse de nuevas amistades. Siempre he tenido una grata simpatía hacia él, y él siente lo mismo por mí. Me recordó que yo había prometido mandarle un libro, y que no lo hice. Así pues, se lo he mandado hace un par de días (tendría que haberlo hecho inmediatamente… me habría ahorrado muchos gastos de telegramas); y le escribí: «Para John Mackay, de Mark Twain, en afectuoso recuerdo de una amistad que ha durado 31 años y que todavía no ha precisado reparación». Y John Russell Young comentó que le había alegrado tanto como a un niño pequeño. Fui a su despacho ayer al mediodía, mandó a buscar a todos sus jefes de departamento (6) y me presentó con gran estilo y mucho desparpajo. «Ahora, Sam, siéntate aquí, coge el lapicero y haz como si estuvieras en París y como si la Sra. Clemens fuera a oír dentro de un par de minutos todo lo que vas a decir. Di todo lo que quieras… siéntete como en tu casa. Y siempre que quieras enviarle un mensaje, escríbelo en un trozo de papel, envíalo directamente a mi domicilio en la Quinta Avenida, y yo me encargaré de él».


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