Cartas de amor
Cartas de amor ¡Pobre Lily Hitchcock! Mira cómo hablan de ella en la prensa; la chica más generosa y afable que te puedas imaginar, y su madre es una joya de mujer. Esa familia son viejos, viejos amigos míos y pienso muchísimo en ellos. Esa muchacha ha esperado hasta casi las doce para desayunar conmigo, muchas, muchísimas veces, cuando vivíamos todos en el Occidental Hotel y yo trabajaba en un diario matutino y no podía acostarme hasta las dos o las tres de la mañana. Es una conversadora brillante. Viven la mitad del año en París, ¡y la de corazones que la pilluela ha roto a los dos lados del océano! Siempre me pareció extraño que ella y yo pudiéramos ser amigos, pero lo éramos. Supongo que era porque bajo toda su salvaje y repelente tontería asomaba su cálido corazón. Cuando vi a la familia en París, Lily acababa de comprometerse a un adinerado conde italiano, a petición de su madre (la Sra. H. decía que Lily le quería), pero ¡ah!, dejar a alguien plantado por casarse con Howard Coit sólo podía traer problemas. Le conozco, es un derrochador libertino, hijo de un médico rico y eminente, que murió, un hombre muy respetable. Howard «despilfarró» sus bienes en un tiempo increíblemente corto. Y la última tontería de esa pobre y estúpida Lily fue hipotecar su propiedad por 20 000$ oro, y darle el dinero a ese burro. A menos que se haya reformado mucho, lo malgastará en seis meses. (Esto me lo dijo en Chicago un confidente de Lily que había prometido no hablar del asunto a sus padres). Hasta ese momento no me creía nada de ese asunto, porque por muy odiosos que fueran algunos de los comportamientos de Lily, sería incapaz de decepcionar a sus padres casándose en secreto. Y para ser completamente sincero, sigo sin creérmelo del todo. Es una chica horrible (el artículo del periódico lo ha escrito alguien que sabe de quién está hablando) pero no es tan horrible. Se mueve en la mejor sociedad de San Francisco. ¿Eso te horroriza, Livy? Pero recuerda, nunca ha habido ni una palabra en contra de su buen nombre. Siento tanto pesar por esa muchacha, y lo siento mucho, muchísimo por su madre, tan buena. Guardo un [recuerdo agradecido porque dijeron en sus] buen recuerdo de las dos; siempre lo haré, porque en cierto modo eran tus valientes y sinceras amigas, siempre leales a ti tanto a la cara como a tus espaldas.