Cartas de amor
Cartas de amor ¡Qué dulce estaba en la muerte! ¡Qué joven y qué hermosa! Igual a sí misma treinta años atrás. Sin una sola cana. Se pudo apreciar ese rejuvenecimiento dos horas después de su muerte (que acaeció a las 11h 30); cuando hube regresado (a las 2h 30), el rejuvenecimiento se había completado; lo mismo a las 4, 5, 7, 8… y así durante todo el día, hasta que llegaron los embalsamadores a las 5; después no la volví a ver. Durante toda esa noche y todo ese día, en ningún momento notó mi mano acariciándola… me resultó extraño.
Temía tanto a la muerte, pobre tímida y pequeña prisionera; pues prometía ser por asfixia. Experimentó ese horror cinco veces en cuatro meses, durante una hora larga, y emergió de él blanca, demacrada, exhausta y temblando de miedo. En aquellos momentos mis maldiciones eran inútiles; no había lenguaje lo suficientemente violento con el que maldecir la cobarde invención de esas torturas injustificables. Pero cuando la muerte llegó, ella no lo supo. Y nosotros tampoco. Había estado hablando alegremente tan sólo un instante antes. Todos estábamos allí, yo inclinado a su lado; no vimos ningún cambio… ¡Y ya se había ido de nuestro lado! ¿Por qué debo permanecer aquí más tiempo?
SLC