Cartas de amor
Cartas de amor Me dices: «Rezaré por ti cada dÃa». Nunca me han dicho nada que me emocionara más que estas palabras. Han vuelto a mi mente una y otra vez; y he estado pensando, pensando, pensando, hasta llegar a la conclusión de que serÃa muy poco hombre si continuara por el mismo camino imprudente mientras tú rezas por mÃ; si demostrara falta de respeto, de valor, de veneración, mientras alguien expresa las necesidades de una persona como yo en la majestuosa presencia de Dios. [No habÃa pensado en esto antes] Te ruego que sigas rezando por mÃ, pues tengo, en cierto modo, la ligera y remota impresión de que no será completamente en vano. Por una parte, al menos, no deberÃa ser en vano, porque voy a mejorar tanto mi comportamiento que cada dÃa que pase seré más digno de tus oraciones, de tu buena fe y de tu preocupación fraternal. Es más (me ha costado mucho decidirme a decirte estas serias palabras que, una vez dichas, no podrán ser retiradas), «rezaré contigo», como me has pedido; y además con tanta fe y tanto ánimo como pueda, por muy débiles y sin valor que puedan ser estos rezos. Me resulta bastante extraño… esta veneración, esta solemnidad, esta súplica; y sin embargo, seguro que tú confÃas en que no tiene por qué ser inútil, de otro modo, no lo habrÃas propuesto. Tú no hablas a la ligera. (Como puedes ver, no creo que hayas escrito «con demasiada seriedad»).