Cartas de amor
Cartas de amor Me has estado escribiendo todos los días y yo sólo cada dos. Es porque no he tenido tiempo de escribirte más a menudo. He estado en Geneseo treinta horas, y eso debería haberme permitido escribirte desde allí, pero no ha sido así. Media docena de jóvenes muchachos de entre 20 y 25 años me recibieron en la estación con un bonito trineo abierto y me condujeron al hotel ceremoniosamente. Luego invadieron mi habitación e invitaron a una docena más, pidieron puros y se divirtieron y pasaron un buen rato. Pero fue difícil entretenerles, pues me tomaron por una persona de mucha importancia, y [estuvieron ridículamente] tuve que llevar gran parte de la conversación yo solo, lo que al cabo de un rato se hace agotador. Durante la cena pedí que me dispensaran de ir a pasear en trineo, dije que quería irme a la cama en aproximadamente una hora. Después de cenar volvieron a subir. En seguida hablé una vez más de irme a la cama. No surtió ningún efecto. Entonces me levanté y dije: «Chicos, voy a tener que desearos que paséis una buena noche, porque estoy atontado y soñoliento; debéis perdonar mi brusquedad, pero tengo que acostarme». Pobres tipos, se quedaron sin palabras; parecían avergonzados y salieron torpemente como un rebaño de ovejas, pisándose los talones unos a otros en medio de su confusión. Me desvestí, me metí en la cama e intenté dormir, pero una y otra vez mi conciencia me mortificaba, una y otra vez pensé en lo mezquina y vergonzosa que había sido mi reacción en respuesta a su amistad bienintencionada y sin reservas hacia mí, un desconocido para ellos, y en lo inmaduro que había sido al disgustarme en vez de alegrarme por esa efusiva cordialidad de la juventud, algo que debería haberme conquistado por su mera ingenuidad y por su inusual honestidad. Entonces me dije a mí mismo que lo compensaría: me levanté, me vestí y les compartí mi tiempo con los chicos hasta las doce de la noche y también desde este mediodía hasta que me he ido a las cuatro de la tarde. Así que, si hay algún hombre que hoy en día sea profundamente apreciado por los jóvenes de Geneseo, ése soy yo. Anoche llenamos la sala, y tuvimos mucho éxito. La verdad es que me encantan los chicos de esa edad, y no entiendo cómo he podido tratarles de manera tan descortés. (Sí, yo también lo sé. Conozco la razón. Quería leer tu carta, y si me hubieran concedido tan sólo una hora de privacidad para hacerlo, habría estado con ellos de buen gusto desde ese momento en adelante). Algunos de esos chicos habían venido de una universidad de Lima, a 14 millas y eran unos divertidos bribones. La tribu al completo vino al hotel tras la conferencia y me entretuvieron cantando, tocando el piano en el salón, con sidra y rodeados por nubes de humo de tabaco. Pero bebieron un poco de todo e hicieron una música que podrías haber oído a una milla de distancia. Adopté la postura de viejo sosegado, pero no les amonesté ni una sola vez, pues no podía dejar de decirme a mí mismo: «Ahora que sois jóvenes es el momento de ir de flor en flor; os lo aseguro». Se reunieron en la calle delante del hotel, un poco después de que me retirara, y me hicieron tres enormes ovaciones; lo que suponía más de lo que yo hubiera deseado. Por supuesto, he medio prometido dar una conferencia en Geneseo a mediados de agosto, fecha en la que propusieron ofrecerme un baile y un concierto; y también he medio prometido pasar aquí mis vacaciones de verano… Y esa «medio promesa» la he hecho en muchos sitios (pero siempre con este pensamiento en mi mente: «Dependerá enteramente de dónde pase Livy sus vacaciones», pues no tengo intención de alejarme mucho de ti, mi amor, cuando la buena fortuna traiga mis vacaciones).