Cartas desde la Tierra

Cartas desde la Tierra

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La grata tarea de poblar el mundo continuó de una época a otra, y con la mayor eficiencia; porque en esos días dichosos los sexos todavía eran eficientes en el Arte Supremo, cuando en verdad deberían haber muerto ochocientos años antes. El sexo precioso, el sexo amado, el sexo bello estaba entonces, manifiestamente en su apogeo, pues atraía hasta a los dioses. Dioses verdaderos. Bajaban del cielo y pasaban momentos de goce delicioso con eso cálidos pimpollos jóvenes. La Biblia lo cuenta. Mediante la ayuda de esos visitantes extranjeros la población aumentó hasta completar varios millones. Pero fue una desilusión para la Deidad. Estaba descontento con su moral, que, en ciertos aspectos, no era mejor que la suya propia. En realidad era una imitación descomedidamente buena de la suya. Decidió que el pueblo era totalmente malo, y como no sabía de qué modo reformarlo, juiciosamente decidió abolirlo. Ésta es la única idea realmente superior y evolucionada que le acredita su Biblia, y hubiera establecido su reputación para siempre si se hubiera mantenido firme y la hubiera realizado. Pero siempre fue inestable —excepto en su propaganda— y su buena resolución cedió. Se sentía orgulloso del hombre. Era su mejor invento, su favorito después de la mosca común, y no podía soportar la idea de perderlo del todo; así que finalmente decidió salvar a unos ejemplares y ahogar al resto.


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