Cartas desde la Tierra
Cartas desde la Tierra Nada pudo ser más típico de Él. Había creado a todos esos seres infames y sólo Él era responsable de su conducta. Ni uno de ellos merecía la muerte, pero extinguirlos era una buena política; principalmente porque al crearlos había cometido el crimen maestro, y estaba claro que al permitirles que siguieran procreando agrandaría ese crimen. Pero al mismo tiempo no podía haber justicia, equidad, ni favoritismo alguno: debían ahogarse todos o ninguno.
No, pero Él no quiso eso; tuvo que salvar media docena y poner a prueba la raza una vez más. No podía prever que se corromperían de nuevo, porque Él es Sapientísimo sólo en la propaganda.
Salvó a Noé y a su familia e hizo arreglos para eliminar al resto. Él diseñó el Arca, y Noé la construyó. Ninguno de los dos había hecho un arca antes, ni sabía nada de ellas; y así tenía que esperarse que el resultado fuera algo inusual. Noé era un campesino, y aunque sabía qué requisitos debía satisfacer el Arca, era absolutamente incapaz de decir si ésta sería del tamaño suficiente (y no lo era) para cumplir las necesidades, de modo que no se aventuró a dar consejo. La Deidad ignoraba si era lo suficientemente grande, pero corrió el riesgo y no tomó las medidas adecuadas. Al fin de cuentas, la nave resultó demasiado pequeña, y el mundo sigue sufriendo las consecuencias.