Cartas desde la Tierra

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Es muy difícil comprender la naturaleza del Dios de la Biblia, tal es la confusión de sus contradicciones. Con la inestabilidad del agua y la firmeza del hierro, una moral abstracta y de bondad santurrona, compuesta de palabras, y una moral concreta infernal expresada en actos; con mercedes pasajeras de las que se arrepiente para caer en una malignidad permanente.

Sin embargo, tras mucho cavilar se llega a la clave de su naturaleza, se puede, por fin, entenderla. Con una franqueza juvenil, extraña y sorprendente, Él mismo nos da la clave. ¡Son los celos! Imagino que esto los dejará sin aliento. Ustedes saben —porque yo se los he dicho en una carta anterior— que entre los seres humanos los celos están claramente considerados como un defecto; una de las marcas distintivas de todas las mentes pequeñas, y de la cual hasta la más pequeña se avergüenzan. Niegan, mintiendo, si se les acusa de tal debilidad pues la acusación hiere como un insulto.

Los celos. No lo olviden, recuérdenlo. Son la clave. Con esta clave llegamos, con el tiempo, a comprender a Dios; sin ella nadie puede entenderlo. Como he dicho, Él mismo exhibe esta clave de modo que todos puedan conocerla. Cándida, sinceramente, dice con el mayor desembarazo: «Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso».

Es sólo otra forma de decir: «Yo, el Señor, tu Dios soy un pequeño Dios, un Dios, preocupado por las cosas pequeñas».


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