Cartas desde la Tierra

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Él advertĂ­a. No podĂ­a soportar la idea de que ningĂșn otro Dios recibiera una parte del homenaje dominical de esta cĂłmica e insignificante raza humana. Lo querĂ­a todo para SĂ­. Lo valoraba. Para Él representaba riqueza; exactamente como las monedas de lata para los zulĂșes.

Pero esperen, no soy justo; no lo presento como es, el prejuicio me ha llevado a decir lo que no es cierto. No dijo que quisiera el total de adulaciones; no dijo que no estuviera dispuesto a compartirlas con los otros dioses; lo que dijo fue: «No pondrås a otro Dios antes de mí».

Es algo muy distinto, y lo coloca en una mejor posiciĂłn, lo confieso. HabĂ­a una abundancia de dioses. Los bosques, segĂșn dicen, estaban llenos de ellos, y todo lo que Él pedĂ­a era ser considerado en el mismo rango que los demĂĄs, no por encima de ellos, pero tampoco por debajo. Estaba dispuesto a que ellos fertilizaran a las vĂ­rgenes terrenales, pero no a concederles mejores tĂ©rminos que los que pudiera reservarse para SĂ­ mismo. QuerĂ­a ser considerado un igual. Sobre esto insistiĂł en el mĂĄs claro de los lenguajes; no permitirĂ­a otros dioses antes que Él. PodĂ­an marchar hombro con hombro, pero ninguno de ellos podrĂ­a encabezar la procesiĂłn, ni reclamar para sĂ­ el derecho de hacerlo.


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