Cartas desde la Tierra
Cartas desde la Tierra Sus miembros se retiraron de la Presencia impresionados y cavilosos, dirigiéndose a un lugar privado donde pudieran hablar con libertad. Ninguno de los tres querÃa tomar la iniciativa, aunque cada uno deseaba que alguien lo hiciera. ArdÃan en deseos de discutir el gran acontecimiento, pero preferÃan no comprometerse hasta saber cómo lo consideraban los demás. Se desarrolló asà una conversación vaga y llena de pausas sobre asuntos sin importancia, que se arrastró tediosamente, sin objetivo, hasta que por fin el arcángel Satanás se armó de valor —del que tenÃa una buena provisión— y abrió el fuego.
Dijo: —todos sabemos el tema a tratar aquÃ, señores, y ya podemos dejar los fingimientos y comenzar. Si ésta es la opinión del Consejo…
—¡Lo es, lo es!, —expresaron Gabriel y Miguel, interrumpiendo agradecidos.
—Muy bien, entonces, procedamos. Hemos sido testigos de algo maravilloso; en cuanto a eso, estamos necesariamente de acuerdo. En cuanto a su valor —si es que lo tiene— es cosa que personalmente no nos concierne. Podemos tener tantas opiniones como nos parezca, y ése es nuestro lÃmite. No tenemos voto. Pienso que el Espacio estaba bien asÃ, y que era útil, además. FrÃo y oscuro, un lugar de descanso ocasional después de una temporada en los agotadores esplendores y el clima excesivamente delicado del Cielo.
