Cartas desde la Tierra

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Cubiertos hasta los ojos; habían engordado con ellos hasta la obesidad, estirados como globos. Eran condiciones desagradables, pero no podían evitarse, porque había que salvar microbios suficientes para proveer a las futuras razas de hombres de enfermedades desoladoras, y sólo había ocho personas a bordo que pudieran servirles de hoteles. Los microbios eran la parte más importante de la carga del Arca, y la parte por la cual el Creador estaba más preocupado, que más quería. Tenían que tener buen alimento y estar bien instalados. Había gérmenes de tifoidea, de cólera, de hidrofobia, y tétanos, gérmenes de tuberculosis, y de fiebre bubónica, cientos de seres especialmente preciosos, cuál aristócratas portadores dorados del amor de Dios por los hombres, benditos regalos de un Padre amante de sus hijos, y todos ellos tenían que estar suntuosamente alojados y atendidos. Residían en los lugares más selectos que el interior de la Familia podía ofrecer: en los pulmones, en el corazón, en el cerebro, en los riñones, en la sangre, en las entrañas. En las entrañas particularmente. El intestino grueso fue el alojamiento favorito. Allí se reunían en billones incontables, trabajaban y se alimentaban, se retorcían y cantaban himnos de alabanza y agradecimiento. En el silencio de la noche, se podía oír el murmullo. El intestino grueso fue, en realidad, su Cielo. Lo rellenaron, lo pusieron tan rígido como un caño. Se enorgullecían de ello. Su himno habitual hacía grata referencia a ello:


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